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WhatsApp: de los cupones para comida a los millones de Facebook

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En 2009, Brian Acton iba de reunión en reunión con potenciales socios inversores o equipos de recursos humanos. Buscaba trabajo. Tras más de una década en las filas de Yahoo, para este ingeniero de California llegaba el momento de hacer algo distinto. En una de esas citas, fue rechazado por Facebook. Él mismo lo contó en Twitter, sin darle mayor importancia. “Ha sido una gran oportunidad para conectar con gente fantástica. Deseando que llegue la próxima aventura de mi vida”. Leído hoy, ese tuit parece casi una premonición.

Más que nada porque esa “próxima aventura”, llamada WhatsApp, ha terminado valiendo 19.000 millones de dólares, pagados por la empresa que le rechazó hace cuatro años. Qué ironía.

Acton es, junto con Jan Koum, fundador de la app de mensajería que ha doblado la rodilla al gigante. Se vende por una cifra que ha dejado a todos boquiabiertos y echando cuentas. Para Facebook, cada uno de los 450 millones usuarios que utilizan Whatsapp vale más de 35 dólares. ¿Realmente vale tanto? Los analistas están divididos: para unos sí, pero otros lo consideran una cantidad desorbitada. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

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Brian Acton, Jan Koum y Jim Goetz, de Sequoia Capital (Foto: Jan Koum vía Forbes)

Jan Koum, un inmigrante ucraniano en California

Forbes ha hecho un repaso a la historia de la app de la mano de sus autores. WhatsApp nació de la mente de su otro fundador, Jan Koum. El hoy CEO de la compañía y dueño del 45% (una participación que hoy vale 6.800 millones de dólares) nació hace 37 años en Ucrania, en un pueblo cerca de la hoy convulsa Kiev. Sus padres eran de origen humilde, su casa no tenía agua caliente y sus padres apenas utilizaban el teléfono por si estaba pinchado.

Ese recuerdo, asegura Koum, es uno de los motivos tras su reiterado empeño en que nada entorpezca la comunicación. Por eso, asegura, no hay publicidad en su app. A los 16 años emigró a Estados Unidos con su madre, y durante algunas épocas subsistieron gracias a ayudas estatales en forma de cupones de alimentos. Tuvo una etapa escolar problemática, porque no encajaba con sus compañeros. A los 18 años, sin embargo, ya había aprendido a arreglar ordenadores, gracias a los libros que tomaba prestados de una librería de segunda mano y que debía devolver cuanto terminaba de estudiarlos.

Koum y Acton se conocieron en 1997 en una reunión de trabajo. El primero tenía 21 años y era técnico de seguridad de la consultora Ernst&Young. El segundo tenía 25 y era empleado de Yahoo. La conexión entre el hosco informático de origen ucraniano y el joven ingeniero nativo de California fue inmediata.

“Ninguno tenemos habilidad para las tonterías”

“Se veía que era diferente”, dice Acton. “No le gustaban las tonterías. Otra gente de Ernst &Young usaba el peloteo, como regalarte botellas de vino. Venga ya, vamos al grano”. También a Koum le gustó el estilo de Acton: “Ninguno de los dos tenemos habilidad para las tonterías”. Tal para cual.

Seis meses después, Koum obtenía un empleo como ingeniero de infraestructuras en Yahoo. Por entonces, aún no había terminado sus estudios, ni llegaría a hacerlo. “La verdad es que odiaba ir a clase”, reconoce.

En el 2000, Koum perdió a su madre a causa del cáncer, y se encontró solo. Acton y él se hicieron amigos. Durante los siguientes años en los que trabajaron juntos en Yahoo, vieron a la compañía entrar en una montaña rusa de éxitos y fracasos.

Los últimos años de ese periodo no fueron muy gratificantes, y en septiembre de 2007 decidieron dejarlo, tomarse un año sabático y volver con nuevas fuerzas. Ambos trataron de conseguir trabajo en Facebook, y los dos fueron rechazados. “Somos parte del club de rechazados por Facebook”, dice Acton con sorna.

Un número, un mensaje

Mientras tanto, una idea estaba empezando a tomar forma en la mente de Koum. En enero de 2009 compró un iPhone, y se dio cuenta de que el mercado de las apps estaba a punto de despegar. Durante una visita a un amigo en Rusia, llamado Alex Fishman, lo que eran ideas difusas empezaron a concretarse.

“Jan me enseñaba su libreta de direcciones. Su idea era que sería muy útil tener un estado, un pequeño mensaje, junto a cada nombre”, cuenta Fishman. Los estados indicarían si estabas en medio de una llamada, o si estabas quedándote sin batería o si estabas en el gimnasio… Lo que quisieras.

El nombre de WhatsApp estaba elegido desde el principio. Koum lo eligió porque sonaba parecido a what’s up (qué hay), y formalizó la compañía casi de inmediato, aunque aún no había nada programado. “Es muy concienzudo”, asegura Fishman. Koum pasó días y días creando el código que permitiese sincronizar la aplicación con cualquier número del mundo, utilizando una entrada de la Wikipedia que supuestamente recogía todos los prefijos internacionales pero que el propio Koum tuvo que corregir en más de una ocasión.

Pero ese no fue el único obstáculo. La primera versión de WhatsApp se colapsaba a menudo, o se quedaba colgada, y cuando Fisherman la instaló en su móvil, solo un puñado de sus amigos la utilizaba, por lo que la mayoría de sus contactos no tenían estado asociado. Ambos pasaron meses repasando los fallos y tomando notas. El proceso fue tan frustrante que Koum estuvo a punto de abandonar y buscar un empleo. “Serías idiota si lo dejases ahora. Dale unos pocos meses más”, le dijo Acton.

Una ayuda inesperada de Apple

La ayuda vino de un actor inesperado: Apple. En junio de 2009 lanzó las notificaciones push, permitiendo que mostrar avisos a los usuarios de una app incluso cuando no la tenían abierta. Koum actualizó la aplicación de forma que cuando un usuario cambiaba su estado, lanzaba una notificación a toda su red de contactos.

Los clientes de WhatsApp aprovecharon esta posibilidad y comenzaron a utilizar los estados como si fuesen mensajes instantáneos. “Me he levantado tarde”, “voy para allá” o “¿qué tal estás?”. Koum veía cambiar los estados desde su ordenador, y se dio cuenta de que había creado un servicio de mensajería. “Contactar con alguien al otro lado del mundo instantáneamente, desde un dispositivo que siempre va contigo, es algo poderoso”.

Por entonces existía solo un servicio de mensajería gratuito, BlackBerry Messenger, pero solo funcionaba entre teléfonos de ese sistema. También existían Google Talk y Skype, pero estas se asocian a un correo electrónico, no a un número de teléfono. La segunda versión de WhatsApp estaba plenamente enfocada a la mensajería, y el número de usuarios subió de pronto al cuarto de millón.

Similar a los SMS pero con más posibilidades

Koum fue entonces a ver a Acton, que aún seguía sin empleo. Ambos se sentaron en la cocina de Acton, y comenzaron a enviarse mensajes por WhatsApp, esperando el hoy familiar doble check. Acton se dio cuenta de que esto era una experiencia similar a los mensajes SMS, pero más rica, con muchas más posibilidades. “Teníamos todo el potencial de internet para trabajar con él”.

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Juntos, comenzaron a trabajar en un espacio para emprendedores cerca de Mountain View. Allí se les podía ver a menudo, Acton tomando notas y Koum tecleando. Recibían decenas de emails de sus usuarios, pidiendo versiones para otros sistemas operativos más allá de iOS: después de todo, una app de mensajería solo es útil si puedes hablar con todos tus contactos.

Por entonces Android era un pedazo del pastel muy pequeño, así que comenzaron por BlackBerry. El desarrollador que contrataron se mostró algo escéptico. “La gente tiene los SMS, ¿no?”. “Eso apesta”, le contestó Koum, “Es una tecnología muerta, como una máquina de fax de los setenta”. Tras comprobar el ritmo de crecimiento de sus usuarios, al desarrollador se le quitaron todas las dudas.

Al poco tiempo se mudaron a sus primeras oficinas, que compartían con Evernote. Utilizaban mantas para no pasar frío en invierno y el mobiliario eran unas sencillas y baratas mesas de Ikea. No había ni un logo en la puerta ni nada que indicase qué empresa operaba desde allí.

¿Gratuita o de pago?

Koum y Acton trabajaron sin sueldo durante los primeros años, y el mayor gasto era el envío de SMS de confirmación a los usuarios. Esta partida supone hoy medio millón de dólares al mes para la compañía. Por entonces no era tan alta, pero sí lo suficiente como para ir mermando poco a poco la maltrecha cuenta de ahorros de Koum.

Por suerte, por entonces WhatsApp empezaba a tener ingresos, apenas 5.000 dólares al mes. Suficiente para cubrir los costes. El cambio de gratuita a de pago supuso toda una rebelión de masas, pero la idea era obtener ingresos a la vez que se frenaba el ritmo de crecimiento para seguir siendo sostenibles.

En diciembre de 2009, Whatsapp para iPhone comenzaba a permitir el envío de fotos, y el ritmo de crecimiento volvía a dispararse, a pesar del dólar que había que desembolsar. “¿Sabes? Creo que podríamos empezar a tener un sueldo”, le dijo, asombrado, Acton a Koum.

Ni marketing, ni prensa, ni anuncios

En 2011 WhatsApp comenzaba a aparecer entre los tops de aplicaciones más descargadas. Alguien le preguntó a Koum por qué no hablaba con la prensa de todo esto. “El marketing y la prensa levantan polvo. Se te mete en el ojo y dejas de concentrarte en tu producto”.

Con el crecimiento en el número de usuarios empezaron a llegar las ofertas de los inversores, que ambos emprendedores se limitaron a desechar una tras otra. Hasta que Sequoia les dijo lo que querían oír: no se entrometería, ni presionaría para adoptar modelos basados en la publicidad. Solo actuaría como asesor estratégico. WhatsApp obtuvo así una financiación de 8 millones de dólares.

En 2013, con 200 millones de usuarios y 50 empleados, Koum y Acton accedieron a participar en otra ronda de financiación, en secreto. “Para asegurarnos. No queremos estar en una posición en la que no podamos pagar las nóminas”, explica Acton. En esta ocasión, Sequoia pondría otros 50 millones, valorando WhatsApp en 1.500 millones. En un pantallazo del balance bancario de la compañía, éste rezaba 8.257 millones.

Desde hace dos días, ese número es mucho, mucho más abultado: 16.000 millones de dólares en efectivo y acciones, más otros 3.000 como retribución a los trabajadores de la empresa.

 WhatsApp ha comprado un edificio de tres pisos. Sus planes son mudarse este verano, y su personal va a duplicarse. Aun así, Koum no está seguro de querer poner el logo corporativo de la empresa en su nueva sede. “No veo la razón, es solo una cuestión de ego. Todos sabemos dónde trabajamos”.

“Quiero hacer una cosa, y hacerla bien”

El adolescente que llegó de Ucrania junto a su madre ha cumplido a lo grande el sueño americano. De hecho, Koum eligió un sitio lleno de significado para firmar el contrato con Facebook: la puerta de la oficina donde recogía cupones de alimentos con los que mantenerse él y su madre tras su llegada a California.

Si al ingeniero que fue rechazado por Facebook para trabajar en sus filas le quedaba algún pequeño rencor, puede decirse que ha visto compensada su frustración del pasado. Su “próxima aventura” ha sido hasta ahora la compra más cara de la red social, y sus creadores han logrado para ellos y para sus empleados una cifra mayor de lo que podían haber soñado cuando comprobaban frenéticamente prefijos telefónicos.

Ahora queda por ver qué hará Facebook con su nuevo juguete. De momento se han cansado de repetir una y otra vez que nada cambiará para los usuarios: ni el precio, ni el servicio, ni la publicidad. Pero solo el tiempo dirá qué pequeños detalles se van adaptando. En una entrevista concedida a El País, Koum y Acton aseguraban en mayo de 2013 que no querían ser una red social ni una plataforma de juegos.

Eso encaja con la personalidad de Koum, el alma de WhatsApp, aficionado al boxeo y que puede repetir el mismo golpe una y otra vez hasta darlo perfecto. “Quiero hacer una cosa, y hacerla bien”.
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(Foto: Jan Koum vía Forbes)

Via: http://www.elconfidencial.com/

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Consultor e-Commerce y estrategias Social Media

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